domingo, 26 de marzo de 2017

·· Del Habla Paraguanera ··


Nuestra Península estuvo ayuna de carreteras que la unieran a la ciudad de Coro y al resto del país hasta la década de los años cincuenta, cuando las dos refinerías, Shell y Creole, hicieron la carretera asfaltada y el acueducto para traer el agua de consumo humano. Antes de esos años, nos fue más fácil comunicarnos vía marítima, mediante goletas que partían del Puerto de Adícora, con las Antillas de Aruba, Curazao, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, lo que se lograba en apenas unas horas con las Antillas cercanas, y de unos tres o cinco días con las más lejanas, dependiendo de la velocidad del viento que impulsaba las velas; en cambio, con Maracaibo, nos llevaba más de siete días, todo dependía que los ríos permitieran el paso, por ser verano y tener poca corriente de agua, pues si era época de lluvias y corrían tormentosamente, ello obligaba a esperar a sus riberas no solo horas, sino días.
En síntesis, nuestra Península era territorio aislado del resto del país. Nuestra población, eminentemente rural, los paraguaneros, dedicados desde niños a las actividades de la crianza de ganado menor y al cultivo de la madre tierra en las pocas o escasas épocas de lluvias; las escuelas, como tales, no eran numerosas, es probable que en toda la Península no alcanzaran a la docena y todas ellas con apenas los primeros grados, si consideramos que los centros poblados eran Tacuato, Santa Ana, Moruy, Buena Vista, Pueblo Nuevo, Adícora, El Hato, El Vínculo, Los Taques y Punta Cardón, y ninguno de ellos llegaba a los dos mil habitantes. Carirubana y lo que hoy conocemos como Punto Fijo, era apenas una playa de pescadores con una población que no alcanzaba a las dos centenas de personas, y fue así hasta el año 1926, cuando se inició la instalación de la Mene Grande en lo que se conoció como Cerro Arriba, y se mantuvo con un poco más de población que quizás alcanzó a las 400 personas hasta el año 1946, cuando llegan las empresas Shell y Creole para construir las refinerías que sí demandaron mucha mano de obra, llegando en su momento cúspide a la cifra escandalosa de miles de hombres trabajando.
En ese ambiente eminentemente rural y pueblerino, nuestra gente cultivó el lenguaje del pueblo llano, en el cual numerosos vocablos sufrieron alteraciones en su estructura; a algunos se le suprimieron letras en la primera sílaba, a otras en la última, a algunas se les cambiaron letras, en fin, al lenguaje culto se le alteró en su constitución para hacerlo accesible al pueblo que de oídas lo iba a hablar, mas no a escribirlo, pues la mayoría de nuestra gente era analfabeta; y por otro lado, los vasos comunicantes a través de los cuales había llegado ese lenguaje eran los arrieros y marinos, los primeros que en un incesante caminar servían no solo de transportistas sino también de mensajeros entre nuestra apartada región y la ciudad de Santa Ana de Coro, que era el centro culto de nuestro estado, y los segundos, que si bien se aventuraban a surcar el mar guiándose por las estrellas, en su mayoría eran totalmente incapaces de leer una carta marina, es más, nunca la habían visto, pero con todo y ello hacían viajes a lejanas tierras y traían consigo no solo las mercaderías y mercancías que hacían falta en nuestra región, sino también el vocabulario, claro, con todo y sus imperfecciones, pues no podían aplicar reglas gramaticales que desconocían.
La mayoría de estos vocablos son comunes en otras regiones del país, algunos de ellos solo se escucharon en Falcón, y los menos son autóctonos de la Península. Existen palabras que en nuestros pueblos tienen un sentido y en el resto del estado otro, y se da el caso de que esa misma palabra, en el vecino estado Lara, tenga otro significado y uno distinto en el estado Trujillo. El lector debe tomar en cuenta que estos vocablos están escritos fonéticamente tal cual como lo pronunciaban nuestra gente; que cuando digo nuestro pueblo, nuestra gente, nuestros mayores, nuestros antepasados, nuestros abuelos, me refiero con mucho orgullo al pueblo paraguanero en general, del cual provenimos la mayoría de los que hoy vivimos aquí. En los anexos va a encontrar una serie de más de doscientos refranes y decires del paraguanero de ayer, en los mismos se hace presente el ingenio, inventiva e inteligencia del hombre inculto, ingenuo, sencillo, que mediante la observación de la naturaleza que le rodea saca lecciones para la vida dura, ruda e ingrata que le toca enfrentar.

Es proverbial que el paraguanero, pese a su incultura académica, fue en el pasado una persona fiel cumplidora de su palabra empeñada y más de los compromisos que adquiriese. Se cuenta que hubo quien diera, como garantía o aval, un pelo de su bigote por un compromiso u obligación que adquiría, y se cumplía al día y la hora convenida, rescatando el pelo dado en garantía: hoy, ni con documento notariado; hubo también a quienes les bastó la palabra, y ninguno faltó a su cumplimiento fiel y exacto, tal como lo habían convenido.

· No al Desánimo ·

Está claro que lo más importante en la vida es mantener la ecuanimidad, avanzando en nuestros propósitos con firmeza, perseverancia y mucha esperanza, llevando las cosas hasta lograr lo que nos hayamos planteado en la vida, siempre en la misma dirección de lo pensado y con la esperanza de que las cosas salgan como lo hemos creído mejor, manteniéndonos y siendo portadores de esperanzas.
Para vivir tenemos necesidad de una palabra, de un sentido, de una esperanza ensanchando los horizontes, que fortifique las energías de nuestra confianza. Por lo tanto, todos debemos ser portadores de un buen pensar y de esperanzas. Afianzar los valores que se poseen y medir los obstáculos a superar para no escamotear la realidad de lo que se desea transformar, para bien, y que es una conciencia profunda de los derechos de todos que principalmente se añora como lo es la libertad, y adherirnos al bien aportando a la sociedad cosas trascendentes, como la rectitud del pensar que radica en el recto obrar.
Las decisiones se toman con optimismo y alegría, porque la palabra “desánimo” no es digna del hombre. Hay que seguir adelante, aún con todos los obstáculos que se presenten y en todo momento con la virtud de la esperanza, que es la confianza que estará puesta en lograr nuestros deseos. Cada quien actúa de manera distinta, sin implicaciones pero hacia el mismo horizonte, buscando el bien. Así todos ganamos. Sabemos que solo los hombres de fe, de esperanzas, son capaces de avanzar paciente y tenazmente hacia los objetivos dignos de los mejores esfuerzos y hacia el bien de todos.
Hoy podemos pensar de una manera, y mañana de otra, pero siempre encaminándonos hacia el mismo horizonte que nos permita seguir viviendo sin traumas que dejen secuelas en nuestros sentimientos, por pensar lo contrario a nuestros principios manifestados con anterioridad.
No todos pensamos igual, cada persona posee un grado diferente de evolución y una manera distinta de proceder, pero debemos continuar sin perder tiempo ni energías, recordando que el tiempo es un recurso no renovable y que no lo debemos desperdiciar, y en este momento es necesario aprovecharlo en el cumplimiento de todas las tareas y propósitos que nos hemos planteado.

Hagamos algo más que hablar.

La Maestra Yoya. Por Jesus Muñoz Freites

        "Conocí a la señora Eulogia Elena Franco Ventura por ser la madre de mi apreciada transcriptora, (posiblemente la mejor que tiene Falcón) Olaya Hernández Franco. Doña Eulogia nació en Maicara, municipio Falcón, el 11 de marzo de 1930, siendo la primera de los 7 hijos de Eusebio Franco (San Luis, 15.12.1899) y María de Jesús Ventura (Maicara, 14.01.1904). Desde su juventud fue maestra “de las de antes”, empírica y autodidacta; conocida por su trabajo en El Román, Buena Vista y Punto Fijo como la Maestra Yoya, por sus manos pasaron muchos niños y niñas que aprendieron a leer y escribir y jóvenes que hoy son hombres y mujeres útiles a nuestra sociedad paraguanera.
        Se casa la Maestra Yoya en el año 1955 con el profesor Napoleón Hernández Sulbarán, persona de muy estimada recordación en el municipio Los Taques por haber sido el segundo Director de la escuela primaria de Los Taques, a principios de la década de los años 60. Procrearon 7 hijos, cuatro varones (Osbert Anahel, Olbers Alfonso, Odín y Carlos David) y tres hembras (Olaya, Orquídea y Edwigis), quienes a su vez les dieron 15 nietos y (hasta la fecha) 4 bisnietos.
        Me cuenta mi estimada colaboradora: “Mi mamá siempre fue persona de mucha sensibilidad social, muy humanitaria y solidaria con todos; en mi casa siempre había una amiga viviendo o pasando una temporada por tener necesidad de ello. Esa misma sensibilidad la llevó a vivir muchas experiencias memorables; por ejemplo, en los años 50 tuvo sus encontronazos con la policía por defender a sus estudiantes, cuando llegaban a reclutarlos a las escuelas (recuerde que Paraguaná era bastante rural en esos años, y se estilaba llevarse a los muchachos en edad de servir a la Patria); también cuando iba a visitar a algún amigo ‘preso por cabeza caliente’ en Carirubana (durante la dictadura de general Marcos Evangelista Pérez Jiménez), o cuando, ya en los tardíos años 70, habían huelgas estudiantiles: recuerdo que dejaba brincar la cerca del patio de la casa a los muchachos perseguidos por la policía. No se le quedaba callada a nadie, nunca perdía la compostura y no recuerdo haberle escuchado palabras soeces, pero las causas justas las defendía con firmeza y sin miedo”.
        Con el paso de los años, la Maestra Yoya se dedicó a sus alumnos, a las labores del hogar, a ser la compañera fiel de su esposo por más de 60 años y pilar fundamental de su familia, formando con amor, disciplina y rectitud a sus hijos y a todos los niños que necesitaran orientación para leer, escribir y formación en valores. “Mi mamá fue una mujer muy culta, leía de todo y era muy celosa con nuestra educación. No había excusa para no estudiar o faltar a clases”, me cuenta mi colaboradora y transcriptora Olaya.
        Pero todo tiene su tiempo bajo el sol. Doña Yoya, con 86 años recién cumplidos, cede a la hipertensión que la aquejó en los últimos años y fallece la madrugada del día de San José del año 2016, en su casa de habitación. Se va en paz esta excepcional mujer, llena de sabiduría y chispeante personalidad, rodeada del cariño y los cuidados de su familia, dejando un legado de amor y formación ciudadana.
          “¿Sabe, profesor Muñoz Freites? A los pocos días de partir mamá, mi papá continuaba muy desconsolado por su pérdida. Estaba en su habitación leyendo algo, y vio una palabra que le pareció extraña, mal escrita o algo así. Fue a buscar un diccionario, y al abrirlo en una página al azar –para buscar la palabra en cuestión- cayó un pedazo de papel, escrito por mi mamá hacía muchos años, que decía: ‘Napito, te quiero mucho’. Imagínese el impacto que nos ocasionó ese mensaje. Pensamos que ella sigue cerca de su casa y de la familia, y fue su manera de demostrarnos que su amor continúa con nosotros, donde quiera que esté, que la vida no es propiedad de la muerte, sino de los profundos sentimientos que le profesamos a nuestros seres queridos: que quien amó incondicionalmente, no desaparece para siempre”.