Se casa la Maestra Yoya en el año 1955 con el profesor
Napoleón Hernández Sulbarán, persona de muy estimada recordación en el
municipio Los Taques por haber sido el segundo Director de la escuela primaria
de Los Taques, a principios de la década de los años 60. Procrearon 7 hijos,
cuatro varones (Osbert Anahel, Olbers Alfonso, Odín y Carlos David) y tres
hembras (Olaya, Orquídea y Edwigis), quienes a su vez les dieron 15 nietos y
(hasta la fecha) 4 bisnietos.
Me cuenta mi estimada colaboradora: “Mi mamá siempre fue
persona de mucha sensibilidad social, muy humanitaria y solidaria con todos; en
mi casa siempre había una amiga viviendo o pasando una temporada por tener
necesidad de ello. Esa misma sensibilidad la llevó a vivir muchas experiencias
memorables; por ejemplo, en los años 50 tuvo sus encontronazos con la policía
por defender a sus estudiantes, cuando llegaban a reclutarlos a las escuelas
(recuerde que Paraguaná era bastante rural en esos años, y se estilaba llevarse
a los muchachos en edad de servir a la Patria); también cuando iba a visitar a
algún amigo ‘preso por cabeza caliente’ en Carirubana (durante la dictadura de
general Marcos Evangelista Pérez Jiménez), o cuando, ya en los tardíos años 70,
habían huelgas estudiantiles: recuerdo que dejaba brincar la cerca del patio de
la casa a los muchachos perseguidos por la policía. No se le quedaba callada a
nadie, nunca perdía la compostura y no recuerdo haberle escuchado palabras
soeces, pero las causas justas las defendía con firmeza y sin miedo”.
Con el paso de los años, la Maestra Yoya se dedicó a sus
alumnos, a las labores del hogar, a ser la compañera fiel de su esposo por más
de 60 años y pilar fundamental de su familia, formando con amor, disciplina y
rectitud a sus hijos y a todos los niños que necesitaran orientación para leer,
escribir y formación en valores. “Mi mamá fue una mujer muy culta, leía de todo
y era muy celosa con nuestra educación. No había excusa para no estudiar o
faltar a clases”, me cuenta mi colaboradora y transcriptora Olaya.
Pero todo tiene su tiempo bajo el sol. Doña Yoya, con 86 años
recién cumplidos, cede a la hipertensión que la aquejó en los últimos años y
fallece la madrugada del día de San José del año 2016, en su casa de
habitación. Se va en paz esta excepcional mujer, llena de sabiduría y
chispeante personalidad, rodeada del cariño y los cuidados de su familia,
dejando un legado de amor y formación ciudadana.
“¿Sabe, profesor Muñoz Freites? A los
pocos días de partir mamá, mi papá continuaba muy desconsolado por su pérdida.
Estaba en su habitación leyendo algo, y vio una palabra que le pareció extraña,
mal escrita o algo así. Fue a buscar un diccionario, y al abrirlo en una página
al azar –para buscar la palabra en cuestión- cayó un pedazo de papel, escrito
por mi mamá hacía muchos años, que decía: ‘Napito, te quiero mucho’. Imagínese
el impacto que nos ocasionó ese mensaje. Pensamos que ella sigue cerca de su
casa y de la familia, y fue su manera de demostrarnos que su amor continúa con
nosotros, donde quiera que esté, que la vida no es propiedad de la muerte, sino
de los profundos sentimientos que le profesamos a nuestros seres queridos: que
quien amó incondicionalmente, no desaparece para siempre”.

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